El elefante en la boa

Pero… ¡La puta que lo parió! ¿Qué pasa? —masculló mientras bajaba la ventanilla y asomaba medio cuerpo para tratar de ver qué pasaba más adelante. No vio mucho: un patrullero que evidentemente estaba cortando el tránsito casi cien metros adelante. Volvió a acomodarse en el asiento y miró por el espejo retrovisor; ya era imposible hacer marcha atrás por el embotellamiento.
Uno se rompe el orto laburando y te cortan la calle estos piqueteros de mierda justo cuando uno quiere volver a su casa y estar tranquilo... —puteaba sabiendo que los que estaban en el auto pegado al suyo lo escuchaban—. Y tranquilo es una forma de decir, porque uno no sabe si estos mismos hijos de puta son los que te agarran entrando el auto. Un cana por esquina tendría que haber, y que cague de un tiro al primer chorro que aparezca. Es así, este país no va a cambiar más… Te cortan la calle y uno que no tiene nada que ver lo sufre. ¿Por qué no van a hacer un piquete a la casa de los ministros? Me pregunto yo. ¡Eh! Me rompí el lomo estudiando, y ahora trabajando, para ganarme la vida… Porque a mí nadie me regaló nada, eh. Este auto me lo compré hace un mes. Es el primer cero kilómetro que tengo en mi vida —dijo, ahora sí, mirando al pasajero del taxi que estaba justo a su lado. El hombre, de unos sesenta años, lo había estado oyendo sin ganas, con el ceño fruncido y algo perplejo.
La fila se movió unos metros y volvió a detenerse. Preso de una nueva frustración, el hombre inició la cadena de bocinazos con su 304. El Palmer de adelante se le sumó y luego la Ribart de su derecha. Satisfecho y entusiasmado por haber iniciado la manifestación de protesta simuló su mejor cara de enojado.
Los autos volvieron a avanzar, esta vez unos cincuenta metros, dejándolo justo frente al patrullero que había cortado la calle. Recién en ese momento pudo ver que no había una multitud de manifestantes sino un grupo de personas que rodeaban lo que debía ser algún motociclista accidentado, a juzgar por la moto que estaba tirada a unos metros del grupo.
Estos de las motos andan como locos… Ojalá que aprenda. Se te tiran encima para sacarle plata a tu seguro los hijos de puta —le dijo a un transeúnte que se había detenido justo al lado de su ventanilla.
Lo tocó de atrás un 304 al de la moto y se subió a la vereda. Hay un nenito jodido —le dijo el flaco.
Los autos eran desviados por atrás de la escuela y reaparecían en la esquina siguiente.

Lo que es no querer laburar, eh. Mirá que ponerse a hacer malabares… —dijo, por fin, para sí, diez cuadras más adelante.



Juan Griss

El comentarista


            Alguna razón escatológicamente técnica tal vez pueda explicar la ausencia del relator, pero no es algo que nos interese. Nada cambia el porqué de su retirada justo antes del comienzo del partido.
            Tato quedó solo frente a su correspondiente micrófono y miró desentendido la silla de su compañero que, sin explicaciones, abandonó el palco de prensa corriendo.
            Giró la cabeza buscando respuestas del sonidista, que lo miraba igualmente desentendido. El productor no estaba allí por haber salido corriendo tras el relator.
            Gimnasia-Rafaela comenzaría en minutos. Los jugadores ya estaban por salir a la cancha para saludar.
Desde atrás, a varios pasos, el productor, que ya había regresado sin el relator, le ordenó con palabras dudosas e imperativas que se hiciera cargo en cuanto volvieran de la breve publicidad grabada de los alfajores triples.
Todo esto no sería nada singular si no fuera por la seriedad con que Tato se tomaba su rol de comentarista. Él jamás pisaría el terreno de los relatores. Estaba allí para comentar, no para relatar. Si en algo era estricto era en eso. “¡Aire!”, le gritaron y los tres dedos extendidos del sonidista iban enrulándose uno a uno a razón de un segundo hasta quedar solamente un puño amenazante.
“La gente del Lobo aplaude casi con desesperación. Esto parece una final… Y es que es una final para estos dos equipos: la segunda de dos finales. Hay caras de preocupación en la tribuna de Gimnasia que, recordemos, pelea el descenso.”
“La gente de Rafaela aplaude como si esto ya fuera una fiesta. Es notorio cómo quieren a su número diez.”
Así inició la trasmisión, propiamente dicha, del partido. Luego sonó el pitazo inicial del réferi y Tato apoyó el micrófono en la tabla que servía de mesa. El productor, a sus espaldas, se arrastraba las palmas de las manos por la cara. Hubo dos minutos de toqueteo tímido en la salida de Gimnasia que los oyentes que no habían cambiado de radio tuvieron que imaginar. Por fin Tato agarró el micrófono y quebró el silencio: “¡Epa! Es para verla de nuevo”, dijo tras un choque que el réferi no consideró ilegal. El productor le revoleó la carpeta que tenía en sus manos y se fue a las puteadas. Tato creyó entender perfectamente el enojo de su colega, pero no por qué se la agarraba con él. Supuso que iba a traer de los pelos al irresponsable desertor.
Estaba ansioso por intervenir, pero nada podía agregar al tácito relato que no fueran estadísticas a ojo que iba improvisando como “Hasta aquí Gimnasia tiene la posesión del balón” o algunas más precisas como la cantidad de amonestados de uno y otro equipo. Pero comentaristas duchos como él tenían a mano siempre truquitos del oficio como repasar los suplentes y las lesiones que los habían dejado en el banco. Tantas veces los nombró que uno podía deducir quién estaba jugando por descarte.
“¡Se está calentando el partido!”, se atrevió a comentar sin mayores detalles mientras nombraba por tercera vez al arquero suplente de Rafaela, que había cumplido años el día anterior.
A esas alturas, los pocos oyentes que permanecían atentos al confuso partido eran los amigos y familiares de Tato, que más tarde se enteraron que Gimnasia logró permanecer en primera y que Tato fue arrancado del micrófono al sonar el pitazo final. Sus últimas palabras al aire fueron: “¡Un partido que quedará para la historia!”



Juan Griss

El hombre que siempre se detenía en los semáforos


            Algunas personas parecen estar meadas por un terodáctilo. Todo emprendimiento, todo trayecto encuentra un trunco desenlace, una demora momentánea o persistentemente reiterada. Algunos se pescan hongos el día anterior a hacerse el carnet de pileta del club, otros son despedidos justo cuando acaban de licitar el cero kilómetro, y hay incluso quienes queman la yerba del primer mate.
            Un tiempo atrás, Jorge se había desempeñado como almacenero, Inspector de Tránsito, Instructor de aspirantes al mismo, lavapatrullas y Encargado Superior de la Circulación Vehicular en la playa de estacionamiento de un conocido supermercado situado entre los caminos Gral. Belgrano y Centenario. No hace falta aclarar que él era una de esas personas que se ven frustradas cualquiera sea su aventura.
            Paradójicamente, dado el rubro de sus anteriores trabajos, Jorge nunca había manejado ni lo había intentado, pero el desempleo lo obligó a realizar el postergado examen de manejo. Estableciendo un récord, según los empleados, lo obtuvo luego de la décimo primera chance.
            Ya motorizado y empleado como proveedor gracias a la magnánima paciencia del marido de su sobrina que le guardó el trabajo, descubrió, como quien adivina la identidad de Papá Noel, que su vida estaba plagada de señales inequívocas de equívocos: los semáforos se le ponían siempre en rojo al acercárseles. Lo que en un principio entendió como una simple casualidad y luego tendencia, finalmente lo aceptó con furiosa resignación. La ira lo tentó en varias ocasiones a desestimar la roja prohibición en esquinas desoladas, pero la ética retuvo siempre el embrague con pie de plomo.
            En 1 y 60 calculó que llevaba seiscientos setenta y ocho minutos esperando en semáforos en siete meses de manejo. Cuando finalmente le tocó el verde aceleró pensando que debería tener siempre consigo Esperando a Godot, que nunca terminó de leer.
            De haber nacido en Delfos y de haber tenido los contactos necesarios para solicitarle al oráculo que le anticipara lo que habría de ocurrir, o simplemente de haber utilizado el tiempo muerto para comprender que tantas señales negativas no podrían terminar en nada bueno, hubiera terminado de leer y escribir un final alternativo para los vagabundos que esperaban a Godot.
            Luego de una diligencia en City Bell y de cargar nafta, cruzó la rambla de 32  por calle 8 y el semáforo de 7 lo retuvo. Se estiró para sacar el libro de la guantera y cuando se enderezó vio por el espejo retrovisor una cuatro por cuatro acercándosele a mucha velocidad. Apenas si se veía el lomo encorvado del conductor que parecía estar buscando algo en un compartimiento del lado del copiloto.
            Un estruendo sordo, sin preludio de frenada, fue lo único que se oyó. El auto de Jorge, primero ante el semáforo, cruzó la línea peatonal y dio contra un vehículo que acababa de pasar la rotonda.
            Un sacerdote, enorme desde su perspectiva al ras del suelo, vestido con una túnica plástica, seguramente amarilla en honor de Apolo, lo miraba desde arriba haciéndole sombra con su cabeza rodeada por una aureola. Notó que lo palpaba con suavidad, seguramente buscando un bolsillo en el que hubiera monedas. Luego dijo algo, tal vez unas sacras palabras y se alejó. Jorge observaba el sol justo sobre su cabeza. Le causó gracia que el semáforo que también entraba en su campo visual estuviera amarillo. Contempló el eterno rojo y, finalmente, antes de sentir un peso extraño en los párpados, el semáforo se puso verde, como el de los Campos Elíseos.


Juan Griss

La mujer que nunca se detuvo en un semáforo


            Perla jamás había cruzado en rojo sencillamente porque nunca le tocaron semáforos en rojo. Era una mujer a la que su suerte le deparaba que nunca tuviera que esperar en ninguna esquina cada vez que conducía. Siempre, absolutamente siempre, por explicables razones que no vienen al caso, le sucedía algo que la retrasaba o apresuraba lo justo como para no detener la marcha: la congestión o descongestión vehicular le permitieron transitar de por vida como si estuviese paseando. En treinta y seis años de manejo jamás se detuvo ante un peaje, dado que siempre los halló liberados por intrincadísimas y variadas explicaciones.
            Observando un partido de ajedrez, cierta vez vio a un peón ganar todo el tablero y reencarnar sin ningún impedimento ni desviación. Esa noche soñó que era levantada con las uñas del pulgar y del mayor de un dios bastante aburrido.
Por supuesto, lo notó enseguida, a los pocos días de comenzar a conducir. Incluso intentó sin éxito torcer lo que parecía el rutinario andar de un caballo urbano. Finalmente lo aceptó con creciente naturalidad y gusto. Al año, luego de hablar con brujas, curas, intelectuales y escépticos (que a veces eran los mismos), ni se molestaba en mirar de qué color estaba. Dos días de suerte tuvo. Un conductor de una cuatro por cuatro que tampoco miraba los semáforos, aunque no lo hacía por la sencilla razón de que estaba acostumbrado a las calles rurales y porque era un sorete con buen seguro, pasó en rojo y la dejó una semana internada en el San Roque.
Con el tiempo volvió a manejar, ahora mirando los semáforos, por las dudas, y vio que nada había cambiado. Como las puertas automáticas de los grandes supermercados, los semáforos se le seguían poniendo en verde.
Tal vez por mantener cierta simetría cósmica o sobrenatural, su vida también poseía esa suerte de señales de avance. Todo aquello que se proponía, fuera un pequeño e ingenuo capricho o un arriesgado proyecto personal o laboral, era favorecido con claras muestras de aprobación de la Divina Providencia, como ofertas en la carnicería, lugar para estacionar en pleno centro en hora pico, el hallazgo de su media naranja y cosas por el estilo.
Pero el ser humano, como los demás, rasca el suelo desde que nace.
Se dirigía al centro por calle 7 y casi había terminado de pasar la rotonda cuando un auto que esperaba el semáforo sobre 32 recibió un fortísimo y silencioso golpe desde atrás que lo estreyó contra Perla. Ambos vehículos se elevaron con la violencia de una ola contra un murallón y cayeron sobre sus propios techos.
Atontada y con un ojo cegado por sangre semicoagulada vio que un hombre con campera amarilla, fuera de lugar respecto del calor que hacía, la sacaba del auto y la depositaba amorosamente, como seduciéndola, sobre el asfalto. Sabía, oía que había más personas, pero solo lo veía a él, que tapaba el cielo con su cabeza. Le dijo algo que ella no entendió y lo perdió de su campo visual. Trató se buscarlo girando la cabeza, pero algo le impedía mover el cuello. Volvió a mirar recto, hacia arriba. Había un semáforo con la luz verde, que luego se puso amarilla y después roja.



Juan Griss

El héroe



Tomás Eless había sufrido todas las posibles palizas de sus compañeritos de escuela; unas veces por estar en el lugar equivocado, otras por su guardapolvos sucio, otras para adelantársele en la cola del kiosco, otras por errar un gol y otras por hacerlo. Cuestión que todos los días volvía a su casa con un moretón nuevo.
Sus padres se indignaban, durante unos minutos. En una ocasión casi fueron a la escuela a quejarse, pero debieron atender algún asunto más importante y lo pospusieron. Al día siguiente ni siquiera sentían el hueco de algo inconcluso (misma sensación que cuando se tiene algo en la punta de la lengua). Cuando algo ha caído completamente en el olvido, uno no siente culpa por no recordarlo.
El último día del año, cuando terminaban la escuela primaria, decidió vengarse del grupo agresor: durante el acto de despedida, se escabulló, fue al aula, escribió obscenidades sobre las maestras y la directora en el pizarrón y firmó con las iniciales de ellos. El ingenuo plan fue descubierto en cuestión de minutos (lo que hizo peligrar su acreditación al año siguiente), pero la sensación de triunfo inmediatamente posterior al hecho marcó su destino. Esa vez, sus padres sí recordaron hacer algo al respecto.
Con el tiempo se fue perfeccionando en las cuestiones estratégicas hasta el punto de lograr salir impune de cada una de las venganzas llevadas a cabo en contra de compañeros y profesores. Al terminar la escuela secundaria, tenía la sutileza del asesino de El corazón delator, y su paciencia (a veces tardaba meses en actuar).
A los veinte años, la generosidad de su alma le indicó que no estaba bien reducir su espíritu justiciero a temas personales y se produjo en él una piadosa revelación: otros también sufrían injusticias. Y fue así como decidió adoptar una nueva personalidad: el héroe anónimo. Pero él no sería "el desconocido detrás de la máscara con calzoncillos por fuera" sino que prefería ser el responsable de que los lectores de la sección policial de los diarios pensaran "Por fin alguien hace algo".
La primera vez que actuó fue cuando vio, arriba del micro, a un muchachote hacerse el dormido para no cederle el asiento a una mujer parturienta que, por lo mojada que estaba, parecía haber estado esperando durante un buen rato bajo la lluvia. El ajusticiamiento fue impecable: parado junto al vil pasajero, y como si fuera sin querer, dio un rápido giro y le pegó con la mochila un fuerte golpe en la nuca, sacándolo de su fingido sueño.
En otra ocasión, para saber dónde vivía, siguió dos cuadras a una mujer que había tirado un paquete de galletitas en la vereda. Nueve veces le vació una bolsa con basura en la entrada de su casa. La décima y última vez, le dejó una carta explicativa.
Su última y más grande hazaña le costó caro: convenció a un grupo de cieguitos para que tropezaran con las heladeras de los kioscos y los cajones de las verdulerías que están en las veredas. La ley amparó a los no videntes y les concedió importantes indemnizaciones. Pero no a Tomás, quien, ya sin sus adinerados compañeros, se puso lentes negras, consiguió el bastón blanco y salió a buscar más comerciantes infractores. El simulacro salió a la luz cuando le gritó "colorado irresponsable" al dueño de un polirrubro que, efectivamente, era colorado.
No es difícil adivinar la suerte de los héroes actuales: el interés del ciudadano común cambia tan rápido que en una semana el recuerdo los transforma en "el loco aquél".



Juan Griss

El profesor que huía de las clases



Los Actos Públicos, en los que los profesores van en busca de cursos a los que darles clases, son una suerte de remates, pero en lugar de dinero ellos tienen puntos. Quien tiene mayor puntaje tiene prioridad en la elección de los cursos, lo que significa que puede elegir horarios, distancias, niveles.
Manuel Cepeda tenía un puntaje mediocre, sin embargo de vez en cuando lograba tomar cursos, aunque jamás lograba vencer el pánico que le provocaba ver la treintena de adolescentes que lo observaban de pie desde adentro del aula. Generalmente inventaba una excusa y se iba a Secretaría a preguntar alguna estupidez y luego a la calle.
Siempre se decía que la próxima vez lo haría, pero una noche, en la víspera de un nuevo intento, su convencimiento de que a la mañana siguiente por fin lo lograría era tan firme que incluso soñó el feliz momento. Durmió apenas dos horas: la ansiedad y la minuciosa preparación de sus primeras palabras lo habían mantenido muy tenso hasta entrada la madrugada. Planeó un cortés saludo inicial, una clara síntesis de sus intenciones para un buen desarrollo de las clases, que incluía las normas de conducta, y una presentación del tema: redacción. Siempre era bueno, pensaba, conocer el nivel de ortografía y expresión de los alumnos desde el principio. Además, esa actividad provocaba un clima distendido, propicio para el diálogo, ya que seguramente le preguntarían sobre qué debían escribir y él respondería simplemente que sobre lo que quisieran, porque sus clases serían poco estructuradas.
Desayunó poco porque el café le dio nauseas, además de que era tarde para llegar temprano. Una portera lo condujo hasta Secretaría, donde llenó las planillas correspondientes para la toma de posesión del curso. Luego le presentaron al preceptor a cargo de ese curso, entre otros. Hasta ese momento jamás se ponía nervioso ni lo tentaba la fuga. A fuerza de costumbre, ya había superado esos pasos muchas veces. A los adultos, siempre predecibles, los veía como escarabajos muertos, rígidos por el calor, el frío o el cansancio, con gestos y comportamientos repetidos a la perfección. Sabía que un portero lo recibiría y conduciría hasta la secretaria, y sabía qué le preguntaría ella, qué le mostraría y qué le haría firmar. También sabía que le iba a decir que el curso era bueno pero que había que "tenerlos cortitos", o que era "flojo", pero que eran "buenos chicos".
El pánico comenzaba justo cuando sonaba el timbre. Siempre caminaba detrás de los preceptores que lo acompañaban hasta el curso. Y ya no los veía como escarabajos sino como verdugos. Podría decir que el corazón le latía rápido y fuerte, que le transpiraban las manos y que el cuerpo hacía equilibrio en las rodillas, pero todos hemos sentido pánico alguna vez.
Su plan nocturno tenía, de pronto, miles de fallas. Se detuvo en la puerta del aula a esperar que entraran todos los alumnos y el preceptor entró para dar las recomendaciones que tantas veces había oído desde afuera. Los que iban entrando lo miraban adivinando quién era y qué hacía ahí, lo mismo que hacían los de adentro, diciéndole algo a quien más cerca tenían.
Terminadas las advertencias, el preceptor le hizo un gesto con la cabeza de que ya podía entrar. Caminó lentamente, decidido a solicitarle que cuidara del curso unos minutos porque, torpemente, había olvidado en Secretaría sus anteojos. Se encaminaba de regreso cuando, en la puerta, lo esperaba el portero con sus lentes.
Tal vez no fue tan elegante como una fuga, pero el desmayo fue realmente efectivo.

Juan Griss

El vendedor de pasacalles

             Cuando Alberto se aventuró a concretar el sueño de todo empleado, ser su propio jefe, no adivinó cuánto iba a enamorarse de su proyecto.
            Eligió la venta de pasacalles por razones bastante vagas. Le  parecía que nadie explotaba adecuadamente ese recurso tan noble. Además, conocía bastante bien a la clientela; él mismo, desde su juventud, había utilizado ese medio en varias oportunidades. Los primeros fueron: "Feliz cumpleaños, Marcela / Tus amigos"; "Feliz día, mamá / Tus hijos"; "Te amo, Marcela / Alberto"; "Perdoname, Marcela / Volvamos a ser amigos".
A decir verdad, no eligió, propiamente dicho, vender pasacalles: una cosa llevó a la otra.
Luego de que Marcela lo perdonara por el ex abrupto de su borrachera de Año Nuevo, creyó fervientemente que aquello se había debido a su manifestación honesta y pública, a la que le atribuyó un poder de persuasión casi de brujería. Convencido de ello, siguieron mensajes como: "Vendo heladera / motor averiado / Escucho ofertas"; "Vendo pasacalles para el Día de la Madre"; "Vendo pasacalles de salutación y disculpas a una Marcela"; "Vendo pasacalles de venta de heladera con motor averiado"; "Vendo pasacalles de venta de pasacalles para el Día de la Madre", etc.
El negocio prosperó sin proponerse si quiera que fuera un negocio, por lo que viendo cómo se encaminaba decidió arriesgarse a vender su colección de autógrafos de famosos y pedir un préstamo para alquilar y acondicionar un local y arremeter contra las pocas probabilidades de prosperidad que tienen los pequeños inversores que aspiran al microemprendimiento.
El servicio que ofrecía era muy amplio: instalación, corrección ortográfica, diseño gráfico y, lo novedoso, consejos para alcanzar la mayor eficacia. La pequeña empresa no tenía nombre, únicamente se daba a conocer, obviamente, por un pasacalles: "Compra y Venta de Pasacalles". He ahí un punto clave del funcionamiento del negocio: la compra de pasacalles usados. Muchos de ellos eran reutilizables, sobre todo los impersonales y sin fechas como: "Felicitaciones Licenciado / Tu familia" o "Volvé, amor / Te extraño". Por contradictorio que parezca, muchos prefieren mantenerse en el anonimato por pudor, debido a que algunas personas consideran este medio de comunicación como algo detestablemente cursi.
Alberto realizaba su trabajo con tanta seriedad que llegó a despedir a su cuñado, empleado suyo, por olvidar una tilde. Igual fin consiguió un poeta oportunista, colaborador interesado en hacerse conocer a través de ingeniosas frases amorosas que les recomendaba utilizar a los clientes a condición de que lo dejaran firmar. El despido se produjo cuando Alberto recibió la queja de dos hombres a quienes sus novias los habían abandonado para irse con el poeta.
El humilde comercio anduvo bien hasta que el apasionado dueño comenzó a perder la cordura. A modo de muestra, cada día ponía un pasacalles nuevo informando a los transeúntes sobre cómo iba el negocio, lo que traslucía también cómo iba su vida: "Compra y Venta  de Pasacalles / Pregunte por nuestras ofertas"; "Compra y Venta  de Pasacalles / Vea nuestras ofertas / Por Favor"; "Venta de Pasacalles / Descuentos a hombres y mujeres / entre 3 y 99 años"; "Venta y Alquiler de Pasacalles / Precios muy muy accesibles"; "Pasacalles / Pague lo que pueda"; "Bendo Pazacayes / Alludeme a mi y a mi familia"; "Si no vendo algún pasacalles debo cerrar".

Juan Griss

El vigía de la Facultad de Humanidades

            Con el semblante serio y una afanosa parsimonia, el juicioso alumno Mauricio Micatelli rodeó el cuadro de su bicicleta con una gruesa cadena enfundada en goma al fierro, quedando formado un seguro ocho. Tales precauciones no eran vanas, pues la seguridad de su transporte ya había sido burlada en cuatro oportunidades. Lo curioso de esta ocasión era que Mauricio no se disponía a adentrarse en el interior del edificio universitario.
            Dejó allí su vehículo y se alejó simulando no decidirse por qué comprar en los puestos de libros, siendo en realidad que solo ojeaba la permanencia de su bicicleta en el sitio. Tal paranoia tiene su explicación no solo en el hecho de que ya había sufrido cuatro pérdidas, sino en que, al comentarlo con otros ciclistas asiduos, se percató de que parecía haber cierta tendencia de los criminales hacia sus pertenencias. Estaba evocando tales tristes momentos y proyectando en su imaginación una soberbia paliza al malhechor cuando notó que una muchacha bajita y de anteojos se dirigía directamente hacia su celada pertenencia. En un principio observó que el perfil del delincuente que había ideado mentalmente no coincidía en absoluto con el de la joven, pero no tardó en sospechar que su apariencia era absolutamente favorable a tales fines. La mujercita ya se encontraba junto al objeto en cuestión cuando, tomada del manubrio, se inclinó en cuclillas en actitud sospechosa. Inmediatamente fue sujetada con violencia por el brazo y erguida a la fuerza por Mauricio... No es necesario precisar los detalles sobre las explicaciones que tuvo que darle a la desafortunada alumna que, completamente desinformada del plan justiciero, había encadenado su bicicleta junto a la de él.
            Volviendo un tanto abochornado a su posición de vigía, anduvo bastante tiempo paseando por las páginas de libros que ya se le presentaban con no muy alejadas posibilidades de ser adquiridos.
            No resulta difícil anticipar la consecuencia de este descuido: cuando regresó a la comisión a la que se había entregado, su bicicleta ya no estaba. Lleno de rabia, como es de suponer en tales circunstancias, corrió entre las calles 6 y 7 unas tres veces, no hallando entre los sorprendidos interrogados ninguna respuesta sobre el hecho delictivo.
            Cabizbajo y maldiciendo entredientes, emprendió el retorno a su casa (ahora a pie). Con paso reflexivo iba cuando, habiendo doblado en 5 y 49, (en uno de esos momentos en que algo nos hace levantar la vista para encontrarnos con el conocido en quien veníamos pensando) advirtió a lo lejos a la muchachita de anteojos perdiéndose en un umbral casi llegando a la esquina de calle 4, montada en una bicicleta. Luego de reparar en la aceptable duda sobre las probabilidades de que realmente fuera cierta su hipótesis del camuflaje de la zonza damita, corrió enardecido hasta donde, más o menos, la había visto entrar. Sin mayores detalles que una precaria descripción física y ante dos umbrales prácticamente iguales, no pudo más que montar guardia.
            Al cabo de casi una hora, la muchachita salió con la bicicleta. La persiguió al trote hasta alcanzarla a los pocos metros y la derribó con exagerada violencia. Enceguecido por la furia, recién a la media cuadra de pedalear notó que no había sido un acto justiciero sino un claro delito contra la propiedad ajena.


Juan Griss

El Inspector de Tránsito

            Jorge se presentó en las oficinas de la Dirección de Tránsito a solicitar el trabajo de Inspector aunque no lo ofrecieran. Luego de varias negativas, conmovió y persuadió a tantas personas que decidieron ponerlo a prueba durante una semana, debiendo realizar la capacitación en forma acelerada. Rindió el examen, con resultado sobresaliente, ese mismo día, pues había tomado la precaución de estudiar de pe a pa hasta las excepciones menos probables de la Ley 11.430.
            Las razones que lo empujaron a dejar el almacén a cargo de su esposa no eran simples, pero sí fuertes e indeclinables: la noche anterior había visto cómo un conductor ebrio se subía a la vereda y hacía volar por los aires su bicicleta, estacionada momentáneamente junto al cesto de basura mientras él cerraba el negocio. Del episodio surgió la poderosa convicción de que su misión era encargarse, seriamente, de sancionar la negligencia, despreocupación o simple maldad de algunos conductores.
            Y la seriedad de Jorge no tardó en hacerse notar. Por un lado, durante el primer operativo realizó ciento tres infracciones y una advertencia a una señora que puso la luz de giro cuando ya estaba doblando; en el segundo operativo superó las doscientas. Por otro lado, adjuntaba a la correspondiente boleta la siguiente inscripción: "Los conductores no se detienen ante un semáforo en rojo porque les indica hacerlo, ya que corren el riesgo de chocar, sino porque los podrían multar. Con el mismo criterio, estaría bien matar, si nadie se enterara".
            Sus compañeros, inspectores fatigados o inescrupulosos, se codeaban sorprendidos ante la eficiencia de Jorge; incluso algunos ya preveían las comparaciones. Por eso no resulta difícil anticiparse a los hechos que se sucedieron.
            Pasada y superada la semana de prueba, sus compañeros comenzaron a sospechar que pronto se los obligaría a trabajar de igual manera. Planearon entonces cómo deshacerse de él.
            Tras una sutil red de cambios de zonas y horarios, lo fueron desplazando hasta la esquina misma del edificio de Tribunales. Ingenuamente, Jorge se alegró, pues trabajar en el centro le daba la posibilidad de cazar una enorme cantidad de infractores y descongestionar el tránsito de la vía pública, entorpecida por camiones que descargan mercadería fuera de horario y holgazanes en doble fila.
            De lo que no se percató fue de que sus compañeros conocían bien su estricta naturaleza: no perdonaría absolutamente a nadie. Así fue que, en menos de una mañana, realizó más de cien multas, veinte de las cuales fueron a altos funcionarios. Tras algunas llamadas de unos jueces perjudicados, se generó un peligroso clima de hostilidad entre Jorge y sus superiores, hombres con duros callos en las nalgas.
            A partir de ese episodio, fueron encargándosele tareas cada vez menores. Primero se lo mandó a instruir a los aspirantes a nuevos puestos de inspectores. Allí, él era un gran referente para muchos, lo que constituía una gran amenaza. No permitirían jamás que pudriera otros frutos, razón por la cual lo designaron a tareas administrativas. Pero frente a los papeles también representaba un riesgo para el sano árbol de la justicia. Finalmente, luego de trabajar como "lavapatrullasmunicipales", fue ascendido a Encargado Superior de la Circulación Vehicular en la playa de estacionamiento de un conocido supermercado situado entre los caminos Gral. Belgrano y Centenario, puesto que fue creado absolutamente e inamoviblemente para él.

Juan Griss

El copiloto forzado

Marcos estaba convencido de que Eduardo era un imbécil, pero lo llevaba trescientos cincuenta kilómetros sin siquiera permitirle pagar un solo peaje. Imbéciles veía por todos lados, eso no era lo que realmente le molestaba. Su bronca interna se debía a la imposibilidad de evitar a este en tal situación. Cuando uno está solo con otro no hay más remedio que hablar. Es tan común como ineludible pasar por esta circunstancia, pero generalmente sucede en un viaje de ascensor (que dura unos treinta segundos) o a lo sumo en un micro (digamos treinta minutos). Pero un viaje de tres horas es imposible de sobrellevar hablando del clima o de lo rápido que maneja el chofer cuando no es hora pico.
Eduardo, el conductor, tenía una actitud más positiva. Fuera porque realmente le interesaba saber las edades y profesiones de los hermanos de Marcos o porque no quería adormecerse por la monotonía de la ruta, parecía no permitir que se creara un momento de silencio mayor a diez segundos.
Marcos había notado, en cuanto subió al auto, el olor a lavanda de un aromatizante. Luego recordó el odio que sentía su vecino por el humo del cigarrillo y supo entonces que no podría fumar durante tres horas. Presagió un viaje no solo incómodo por la molesta tendencia a hablar de Eduardo sino potenciado por la ansiedad de no satisfacer el vicio. El cigarrillo resulta ser un gran amigo del aburrimiento.
Al cabo de la primera hora, Marcos, pensando que dándole la razón lo dejaría satisfecho (y callado) ya había admitido la verdad del refrán del caballo y los dientes (suyos, supuso), que la vida había sido dura para Eduardo, que si no hubiera off side siempre echarían a los arqueros por la "ley del último recurso" y que la vejez no viene sola. Le hubiese gustado citar el refrán del buen entendedor y las pocas palabras o el de la boca cerrada y las moscas, pero pensó que quizá habría generado una paradójica discusión.
A la hora y media, las monosilábicas acotaciones de Marcos parecían desinflarse y morir, pero Eduardo pensaba que su acompañante no hablaba porque prefería escuchar. "¿Viste cómo lo pasó al camión?", decía. "Yo siempre que voy a pasar a alguien, y más si es un camión, o un micro... Porque los choferes de micros, aunque no parezca, son peores que los camioneros. Una vez...". Y Marcos presentía una eterna y aburrida anécdota.
A las dos horas de viaje, el copiloto se hundía en el asiento como si tal artilugio fuera capaz de invisibilizarlo. Ya estaba al tanto de todas las quejas habidas y por haber de Eduardo contra el presidente, contra las rutas, contra los que negociaban la "sana pasión de antes" por el fútbol, contra la suerte de otros, incluso contra su mujer y la eternidad del amor.
El paisaje era el mismo desde hacía mucho tiempo: pasto salpicado con vacas, alambrado interminable y postes perfectamente repetidos.
Pensó, con tibia esperanza, que cebar mate provocaría, al menos, algunos silencios oportunos. ¡Qué ingenuidad! Tuvo que escuchar las recomendaciones para "un buen mate" y las amables críticas.
Faltaban solo setenta y cinco kilómetros, pero la situación era insostenible para Marcos: deseaba, sinceramente, un mecanismo de expulsión, como el de los aviones. Y fue entonces cuando se dio cuenta que recién habían hecho la mitad, pues al día siguiente emprenderían tres horas más, en el viaje de vuelta. Miró el verborrágico perfil de Eduardo y se abalanzó sobre él forzándole el volante. El auto cruzó el carril contrario y dio tres vueltas en el aire. Ningún sobreviviente.

Juan Griss

Los actos escolares

       Ana, la maestra de primer grado, estaba un poco apurada. A los más autosuficientes los dejaba disfrazarse solos; después solamente los miraba y, si era necesario, los arreglaba un poco. A otros les tenía que poner todo: pecheras, sombreros y cinturones. Los que ya estaban vestidos jugaban a pelear con las espadas; no importaba si eran realistas o de San Martín; todos contra todos. Después, en el acto, sí sería importante.
            Cuando ya estuvieron todos listos, fueron de la mano hasta el patio (es que cuando van los familiares el Salón de Actos resulta muy pequeño).
            Dejaron un cuadrado vacío en el medio del pabellón central para los que actuaban. En uno de los costados estaba la directora, la maestra de música con el piano, que habían llevado hasta ahí, un señor que iba a filmar y algunas mamás que colaboraban con la organización. En los otros tres costados estaban distribuidos en sillas los alumnos, los de todos los grados, y detrás de ellos, de pie, los padres.
            La mismísima directora tomó la palabra. Presentó a los abanderados y a los escoltas e invitó a entonar el Himno Nacional.
            Entrada la tercera estrofa ya se podían distinguir varias cabezas adultas entre los alumnos, las cuales quedaron notoriamente al descubierto cuando ellos volvieron a sentarse. Algunos padres simulaban sentarse en sillas invisibles para pasar inadvertidos.
            Llegó el turno de la maestra de tercer grado, quien improvisó un breve resumen de los acontecimientos que creyó más importantes de la vida del Libertador: que nunca faltaba a la escuela, que creó la bandera mirando el cielo a orillas del río Uruguay (explicando que por eso nuestro vecino limítrofe comparte el celeste), que organizó a los vecinos que echaron a los invasores desde las terrazas (incluso que pagó los cientos de litros del carísimo aceite que hirvieron). Solo le faltó adjudicarle el gol con la mano a los ingleses.
            El murmullo de las madres que se acercaban, sigilosa y atrevidamente, pidiendo permiso al "escenario" tapaba las palabras de la carismática docente (afortunadamente para los conocimientos de cultura general del público interesado).
            Para cuando estaba por dar comienzo la simpática representación de la batalla entre españoles y criollos, las madres, con sus cámaras de fotos, habían reducido el espacio destinado a los pequeños actores casi a la mitad. La directora solicitó con severa amabilidad que volvieran a sus lugares, pero lo único que consiguió fue que se pusieran en cuclillas, escondieran las cámaras y, nuevamente, intentaran mezclarse con los alumnos.
            Casi imperceptiblemente, el espacio en que los niños del primer grado desarrollaban una feroz batalla fue haciéndose tan pequeño que los criollos pisoteaban, literalmente, a los vencidos realistas.
            Los acontecimientos históricos se representaban con razonable veracidad hasta que una madre, enfurecida por la muerte de su hijo, realista, soltó la cámara y se abalanzó vengativamente sobre el desafortunado pequeño que gritaba, siguiendo el guión al pie de la letra: "¡Viva la Patria!"

Juan Griss

El linyera


Cualquiera puede imaginarse lo difícil que resulta vivir en la calle, pero imagine cuánto lo es para quien es absolutamente conciente de ello. Ese era el caso de Ulises. Muchos linyeras terminan en la penosa pero entendible búsqueda de evadir la realidad. Por eso es que el mérito de Ulises al sobrevivir es mucho mayor. Nada de drogas, ni las que se fuman, ni las que se inhalan, ni las que se inyectan. Ni si quiera se ablandó por el alcohol. Él resistió siempre, pero no por miedo a la muerte, sino por amor a la vida. A decir verdad, Ulises se resistía a casi todo, pero más que nada a trabajar. Estaba convencido de que cualquier actividad lo distraería de la contemplación de su vida. Como si cumpliera una penitencia, a menudo se jactaba de su condición paupérrima frente a algunos piadosos vecinos que le ofrecían changuitas como sacar los yuyos que crecen entre los canteros de los árboles de la vereda. Les decía, con textuales palabras, que el hombre era un ser proclive a la ambición y que ni remotamente cedería ante tales tentaciones. Recogía su frazada hecha con retazos de trapos y se iba del cantero a buscarse un nuevo refugio.
Esta postura tan orgullosa se debía ni más ni menos que a su propia experiencia: de joven había trabajado y acumulado lo suficiente como para levantar una casita en un terreno, pero la perdió en un "doble o nada" contra un vecino en una apuesta de dudosa seriedad.
La vida enseña mucho a quienes quieren aprender, aunque, sin manuales, uno puede pifiarle.
Cuarenta y dos años llevaba viviendo en la calle, desde aquel entonces, hasta su triste desaparición. Durante todos esos años revolvió prolijamente el interior de miles de bolsas de basura, las cuales volvía a anudar para no interferir en la pulcritud de la vía pública. Jamás mendigó, pues creía que era de mal gusto andar jugando con la lástima de la gente. Su ascética y estricta forma vida nunca flaqueaba, ni aun cuando sufría los tormentos de la intemperie o la violencia de los jóvenes que en varias ocasiones lo despertaban con un chorro de pis en la cara.
La vida de Ulises estuvo plagada de sufrimientos hasta el final. El ocho de julio, víspera de su cumpleaños número setenta, decidió regalarse una noche de completa tranquilidad, así que a la tardecita emprendió su lento caminar hasta bien entrada la Ruta 2. Como si alguien hubiese querido hacerle un regalo, en el camino encontró, entre otras cosas sin relevancia, media bolsa con pan bastante fresco y una campera con el cierre roto.
Cuando notó que ya estaba lo suficientemente lejos de las luces de la ciudad, cruzó los alambres y se internó en un campo. Al caer la noche, fría como pocas, ya estaba gozando de la quietud y del pan. Satisfecho, se cerró la campera lo mejor que pudo, se envolvió en la andrajosa frazada y se dispuso a dormir, tiritando. Esa noche, su última noche, un extraordinario suceso climático cubrió todo de una blanca y mortal capa de nieve.



Juan Griss

El lector ambulante


De chico, José caminaba leyendo porque tenía la loca esperanza de aprenderse las lecciones en el camino desde su casa hasta la escuela. Con el tiempo y las malas notas entendió que no funcionaba, pero advirtió que resultaba una imagen bien simpática para los que lo veían tan compenetrado en su lectura. Incluso imaginaba que alguien lo detenía para preguntarle qué era tan interesante. Así fue como comenzó a abusar de la lectura ambulante: la mayoría de las veces simulaba leer, espiando de reojo en realidad para ver si alguien lo miraba.
En una oportunidad, viendo que, a unos tres metros en dirección contraria, se aproximaba un par de piernas de mujer joven, buscó, como quien no quiere la cosa, un choque frontal. Y lo encontró, pero la sorpresa fue enorme cuando alzó la vista, mientras pedía disculpas, y vio que las bellas piernas y la bella cintura estaban acompañadas por un torso unido a dos brazos que alzaban a un bebé.
En otra ocasión, venía “leyendo” el Cantar de Roldán, siguiendo a una promotora de calzas azules, y bajó, confiado de su visión periférica, el cordón de la vereda; fue atropellado por un ciclista, quien le propinó una serie de insultos que involucraban a su madre, su hermana, su orientación sexual y su nivel de inteligencia.
José no culpaba de su infortunio al hecho de leer caminando. Sentía tanto cariño por ello que no solo se le había hecho costumbre, hábito, sino una necesidad. En las calles solitarias, sin muchachas, aprovechaba para leer. Después de todo, si alguna vez funcionara la táctica de acercamiento, necesitaría algo para decir sobre lo que estaba leyendo. Entonces memorizaba comentarios como: “Es como el Poema del Mio Cid, pero francés... Aunque de un héroe inglés que también luchaba contra los moros...”. Siempre andaba leyendo la Chanson de Roland, porque le gustaba la edición que tenía, robada de la biblioteca de su abuelo.
Finalmente, después de años de búsqueda y espera, sucedió el prodigio. En la esquina de su casa, volviendo, cerró el Cantar de Roldán, y mientras lo guardaba en la mochila, distraído, se topó con una señorita que desparramó (quién sabe si a propósito) todas las hojas de la carpeta que traía en sus manos. Gentilmente, se inclinó para ayudarla y notó que, además de los apuntes, había un libro: el Poema del Mio Cid. Inmediatamente entabló una culta conversación acerca de los héroes caballerescos cristianos de la Edad Media y... Una cosa llevó a la otra. Consiguió programar un nuevo encuentro.
El día señalado, en el lugar señalado, se encontró con Juliana Bramimonda, joven y entusiasta lectora. A José le pareció divertido confesarle su antiguo y excéntrico plan para conocer mujeres. A ella no tanto, pero admitió que era original. Sin embargo, lo difícil no fue hacer esa confesión, sino otra más importante: no conocía nada de otros libros que no fueran la Chanson de Roland, que a fuerza de caminatas había leído tres veces, y el Poema del Mio Cid, del cual apenas sabía que tenía una semejanza con el otro. Pero no fue obstáculo para ella, después de todo, él la escuchaba honesta y atentamente hablar sobre cualquier cosa. Sin más datos que sus nombres, la primera cita terminó con un tímido beso de despedida y la promesa de asistir al día siguiente a la misma hora, en el mismo lugar.
José estaba tan interesado en merecerla que, camino a la segunda cita, fue leyendo el Poema del Mio Cid. Y estaba tan interesado en merecerla que lo leyó entero en el camino. Pero estaba tan interesado en merecerla que cuando terminó había caminado durante horas. Y estaba tan lejos, que nunca llegó a tiempo.

Juan Griss

El hombre que durmió en Plaza Italia por no animarse a cruzar



El martes por la tardecita, Manuel Cepeda se plantó poco sabiamente en el cordón de la vereda dispuesto a cruzar Plaza Italia por el medio y retomar así su camino. Los semáforos actuaban con la alternancia correcta (lo que no significa un paso libre de autos, sino que alguna que otra arteria que alimenta la gran pista es momentáneamente detenida); los vehículos circulaban con la prisa feroz normal de las seis de la tarde; los valientes peatones desafiaban y vencían las bajas probabilidades de encajar en los breves espacios físicos y temporales para un sano y salvo cruce.
Prudente, miraba la hora en su reloj en los momentos en que hallaba el suficiente tiempo como para no perder de vista alguna oportunidad de avanzar. Su precavida actitud lo hacía ver como un cobarde, pero lo cierto es que era un guerrero batiéndose ferozmente contra dos duras oponentes: la impuntualidad y la muerte bajo un auto. Calculó que si no cruzaba en los próximos dos minutos debería, prácticamente, correr el trayecto restante.
Por fortuna, un grupo de escolares arremetió con la imprudencia de la masa y Manuel se escudó a su derecha. ¡Baldosas ítalo-francesas! ¡Baldosas hippies! ¡Baldosas!
Triunfante, ya en la plaza, aceleró su paso al ritmo de los jóvenes para aprovechar nuevamente su amparo, pero al llegar al centro notó que el grupete se iba orientando en dirección a Diagonal 74. Estupefacto por la caída de su plan, se sentía un pez rémora huérfano. Los miró alejarse y luego su reloj. Calculó que si los seguía, para aprovechar su ímpetu, debería rodear la plaza y, prácticamente, correr el trayecto restante. Optó por proseguir en línea recta y confiar nuevamente en su suerte.
            Al llegar al abismo de la plaza, se detuvo a la espera del momento propicio. Miraba desesperadamente cómo los minutos sucedían uno tras otro sin encontrar una distancia mayor entre auto y auto de unos cinco metros, lo que temporalmente correspondía a apenas unos dos segundos. Bajaba con decisión un pie en la calle e, inmediatamente, volvía a subirlo cuando el zumbido de algún auto lo hacía recapacitar sobre su negligente estrategia. En eso estaba cuando, como un fantasma, un hombre rozó su hombro y se adelantó temerariamente en el empedrado. Instintivamente, una fracción de segundo después, caminaba pisando la cabeza de la sombra del sujeto. Casi habían alcanzado la mitad de la calle cuando un micro hizo detener súbitamente al líder para darle paso. Manuel reaccionó al toparse con la espalda del sorprendido guía y, ante la vergüenza de encontrarse en tan penosa situación, comenzó a retroceder confundido. Cuando se repuso de su embobamiento, ya estaba más cerca de la plaza que de la mitad de la calle. Volvió a los saltos tras recibir dos violentos bocinazos.
            La severa llamada de atención de un grosero conductor que acababa de bajar el vidrio para adjetivar su persona lo acongojó penosamente. Nuevamente miró el reloj. Calculó que si no cruzaba en el próximo minuto debería, definitivamente, correr el trayecto que le restaba. En un arranque de valentía, apretó el portafolios contra su muslo y arremetió decidido. Alcanzó a ganar tres metros, los cuales devolvió inmediatamente casi lagrimeando de indignación. Realizó, al grito de batalla y llorando de impotencia, tres nefastos intentos más. Mirando el cielo y el reloj de su mano temblorosa alternativamente, blasfemó contra todos los conductores.
Súbitamente, sorprendido por la sospecha intuitiva de un descubrimiento, palideció: todos estaban contra él. ¡Sí, así debía ser! Y eso explicaba por qué le había parecido ver pasar dos veces un mismo auto e incluso advertir que ciertos individuos lo miraban malévola o burlonamente prendidos a sus volantes. Escondido tras un árbol y de espaldas a la calle esperó cautamente un descuido en el ritmo del tránsito, pero nada de eso sucedió. Calculó que era imposible ya.
Caminó con paso lento hasta un banco, se sentó, apoyó el portafolios en sus piernas y dijo con voz a punto de quebrarse: "Es solo una batalla, no la guerra. Ya se van a cansar de dar vueltas".




Juan Griss