El profesor que huía de las clases



Los Actos Públicos, en los que los profesores van en busca de cursos a los que darles clases, son una suerte de remates, pero en lugar de dinero ellos tienen puntos. Quien tiene mayor puntaje tiene prioridad en la elección de los cursos, lo que significa que puede elegir horarios, distancias, niveles.
Manuel Cepeda tenía un puntaje mediocre, sin embargo de vez en cuando lograba tomar cursos, aunque jamás lograba vencer el pánico que le provocaba ver la treintena de adolescentes que lo observaban de pie desde adentro del aula. Generalmente inventaba una excusa y se iba a Secretaría a preguntar alguna estupidez y luego a la calle.
Siempre se decía que la próxima vez lo haría, pero una noche, en la víspera de un nuevo intento, su convencimiento de que a la mañana siguiente por fin lo lograría era tan firme que incluso soñó el feliz momento. Durmió apenas dos horas: la ansiedad y la minuciosa preparación de sus primeras palabras lo habían mantenido muy tenso hasta entrada la madrugada. Planeó un cortés saludo inicial, una clara síntesis de sus intenciones para un buen desarrollo de las clases, que incluía las normas de conducta, y una presentación del tema: redacción. Siempre era bueno, pensaba, conocer el nivel de ortografía y expresión de los alumnos desde el principio. Además, esa actividad provocaba un clima distendido, propicio para el diálogo, ya que seguramente le preguntarían sobre qué debían escribir y él respondería simplemente que sobre lo que quisieran, porque sus clases serían poco estructuradas.
Desayunó poco porque el café le dio nauseas, además de que era tarde para llegar temprano. Una portera lo condujo hasta Secretaría, donde llenó las planillas correspondientes para la toma de posesión del curso. Luego le presentaron al preceptor a cargo de ese curso, entre otros. Hasta ese momento jamás se ponía nervioso ni lo tentaba la fuga. A fuerza de costumbre, ya había superado esos pasos muchas veces. A los adultos, siempre predecibles, los veía como escarabajos muertos, rígidos por el calor, el frío o el cansancio, con gestos y comportamientos repetidos a la perfección. Sabía que un portero lo recibiría y conduciría hasta la secretaria, y sabía qué le preguntaría ella, qué le mostraría y qué le haría firmar. También sabía que le iba a decir que el curso era bueno pero que había que "tenerlos cortitos", o que era "flojo", pero que eran "buenos chicos".
El pánico comenzaba justo cuando sonaba el timbre. Siempre caminaba detrás de los preceptores que lo acompañaban hasta el curso. Y ya no los veía como escarabajos sino como verdugos. Podría decir que el corazón le latía rápido y fuerte, que le transpiraban las manos y que el cuerpo hacía equilibrio en las rodillas, pero todos hemos sentido pánico alguna vez.
Su plan nocturno tenía, de pronto, miles de fallas. Se detuvo en la puerta del aula a esperar que entraran todos los alumnos y el preceptor entró para dar las recomendaciones que tantas veces había oído desde afuera. Los que iban entrando lo miraban adivinando quién era y qué hacía ahí, lo mismo que hacían los de adentro, diciéndole algo a quien más cerca tenían.
Terminadas las advertencias, el preceptor le hizo un gesto con la cabeza de que ya podía entrar. Caminó lentamente, decidido a solicitarle que cuidara del curso unos minutos porque, torpemente, había olvidado en Secretaría sus anteojos. Se encaminaba de regreso cuando, en la puerta, lo esperaba el portero con sus lentes.
Tal vez no fue tan elegante como una fuga, pero el desmayo fue realmente efectivo.

Juan Griss

4 comentarios:

Ju dijo...

Pobre Manuel Cepeda...ojalá en algún momento puede disfrutar de la docencia. :)

Juan Griss dijo...

¿Notaste que Manuel Cepeda es el mismo que durmió en Plaza Italia por no animarse a cruzar? :)

Anónimo dijo...

yo si!

Anita Lemon Pie dijo...

Me robaste una sonrisota al final. No me puedo aguantar el comentario.
Me encanta!